jueves, 1 de octubre de 2015

Agenda de Titiriteros



Si existe alguna palabra popular en estos días es, sin duda, independencia. Tras años de exaltación patriótica e incomprensión política mutua, la situación socio-política en Cataluña ha llegado a un extremo realmente complejo y difícil de afrontar. Y, desde luego, ciertos engendros políticos atrincherados en sus estoicas posiciones políticas no facilitan ni impulsan un proceso de entendimiento mutuo que evite una ruptura cuyas consecuencias serían igualmente devastadoras para ambas partes.

Independencia. Una palabra sencilla, con unas connotaciones que rayan el absurdo y cuyo verdadero significado político y social, por desgracia, ha sido relegado al olvido. Y, al menos en España, la presión ciudadana  y la intención de los gobernantes atiende, de momento, a otros menesteres.

Si soy honesto, los procesos independentistas me importan bien poco. Los considero ajenos a mi persona en lo cultural aunque tengan importantes impactos económicos, territoriales y sociales; de ahí la necesidad de un diálogo, sea para llegar a un acuerdo y continuar unidos, sea para garantizar una separación coherente y un futuro de cooperación entre los territorios resultantes.

Ahora bien, la independencia no debe entenderse sólo en este sentido, como algo peyorativo o rupturista. De hecho, es un elemento indispensable en la sociedad, un principio rector necesario que otorga entereza a una sociedad que, cada vez mas, observa asombrada como ciertos lobbies o grupos de presión influyen en el normal funcionamiento de las instituciones públicas. Me refiero a esas personas con importantes conflictos de intereses, esos partidos políticos que dependen de préstamos bancarios, los directivos de las cajas de ahorros carentes de toda preparación pero con innumerables amigos en los despachos ministeriales, esos políticos elegidos de forma indirecta por sus partidos políticos, etc.

¿La independencia es sinónimo de progreso, coherencia y justicia social? Sin duda. ¿Es requisito de cualquier democracia sana? Absolutamente. ¿Debería ser prioritario para los partidos políticos? En teoría sí.

¿Que ocurre en España entonces? Empecemos por los cimientos: nuestra Constitución y la Ley Orgánica de Régimen Electoral. Nuestro sistema electoral esta basado en la conocida como Ley d´Hont, un sistema proporcional que "divide el numero de votos emitidos por cada partido político entre el numero de cargos electos con los que cuenta cada circunscripción" [en este artículo de El Mundo encontrarás una explicación breve]. Éste método presenta un problema de base: favorece a los grandes partidos, cuasi garantizando mayorías absolutas. El pretexto es simple: generar gobiernos fuertes y estables que no dependan de los votos de la oposición.

Por contrapartida, la democracia se resiente, sobre todo en aquellos países que culturalmente defienden el gobierno autoritario, aunque democrático, relegando el dialogo y la puesta en común de asuntos públicos entre partidos a cuestiones puntuales y concretas. ¿Esto suena a algo conocido, verdad? La Ley de Educación, es un buen ejemplo. Un pilar fundamental en cualquier país y que, en el nuestro, se cambia con cada Gobierno.

Esta cuestión transciende mas allá de lo que podamos pensar. Aún mas si tenemos en cuenta que, en determinados territorios, han gobernado los mismos partidos durante décadas. Todo ello, con un ideario claro, rígido, que no acepta discrepancia interna alguna. Y ya se sabe. El poder embriaga, ciega y transforma pretendidas acciones públicas en meros instrumentos en manos de energúmenos sin escrúpulos y, es entonces, cuando florece la corrupción.

La solución: listas abiertas y mejora de la proporcionalidad del sistema. Para los partidos políticos: procesos aperturistas, democracia interna, primarias con voto directo de los militantes y la eliminación de ese control interno tan extendido en la política española. Abrir las ventanas vaya, que huele a cerrado.

Y ya que estamos, ¿qué pasa con la Justicia? Obviamente esta politizada. La composición de los principales organismos judiciales se encuentra vinculada a meras decisiones políticas. Un poder judicial independientes es aquel cuya acción y composición depende en exclusiva de si mismo, sin interferencia de partidos y grupos de interés.

Muchos partidos prometen el paraíso terrenal, incluso un paraíso después de la vida. Otros se ahogan en propuestas infantiles, que curiosamente agradan a la gente y movilizan el voto. Pero ninguno ataca la raíz del problema: el sistema mismo. Quizás porque se encuentran muy cómodos en él, porque las mieles del poder son demasiado dulces para renunciar a ellas.

La corrupción política es resultado de un solo factor: cultura. El sistema es reflejo de esa cultura. Control y opresión, no nos engañemos. Somos así. Nos gusta discutir en el bar, pero somos de trinchera. El argumento en este país es la vileza, confundimos reflexión con enfado. Y así nos va.

Mientras unos pocos controlen las instituciones del Estado a golpe de decreto, mientras las cámaras de representación reflejen tecnicismos mas que votos, mientras que el ciudadano no migre del enfado a la reflexión y el diálogo, la corrupción se mantendrá en el seno de la sociedad. Un ciudadano ha de ser activo, pero no violento, reflexivo y exigente, pero no mediocre y decadente.

Es difícil cortar las cuerdas que mueven a una sociedad en según que dirección. El voto es la mejor herramienta. Recuérdenlo en las elecciones.

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